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Sobre mi proceso
Siempre buscando mi propia manera a partir de las técnicas tradicionales, pinto personajes y narrativas personales. Tomo lo inmediato del cuerpo humano, lo simplifico y le creo un contexto donde ubicarlo. Ese acto de teatralización que sigue mi mente cuando crea metáforas visuales, es el que siento como una terapia. Creo una distancia con la realidad, reordeno y resignifico mi experiencia como cuerpo y mente emergente para espantar la negatividad y los malos recuerdos. Una pragmática administración de emociones es lo que ocurre antes de empezar a crearme problemas formales de composición o color a los que buscarle solución.
En la práctica me resisto a seguir el manual clásico pero tampoco quiero alejarme de la pintura académica, me apropio de las veladuras para reinventarlas. Mi estilo se mueve entre lo clásico y lo moderno: claro-oscuro para el volumen del cuerpo, veladuras para la piel, y por otro lado elementos planos, expresionismo y surrealismo, coexistiendo pacíficamente.
Cuando se trata del color pienso que es aquí donde se puede ver una melancolía sublimada, algo como una nostalgia solapada, tropicalizada. El ojo entrenado sabrá que ya no uso azul, aunque no es una paleta estrictamente Zorn; soy flexible con los rojos y amarillos.
Lleno libretas con dibujos automáticos de cuerpos con plantas y animales fantásticos, rodeados de garabatos y texturas inventadas. Acepto todo lo que aparece, no edito ni coloreo. De aquí salen ideas para llevar a la tela y por un periodo de 3 a 6 meses, a veces por un año y más, me la paso editándolos hasta que maduran y están listos para dejar el nido. Para el color del cuerpo uso la técnica flamenca; primero una grisalla, luego capas de verde, luego sienas, en forma de transparencias que voy mezclando con blanco, cada una con su tiempo de secado. No copio fotos ni referencias. Estos retratos se parecen a mí o a personas que yo conozco y me encariño mucho con ellos. Sin embargo y justo en ese punto siento la necesidad de introducir una transgresión, una suerte de giro en la trama. Se trata de dejar el enamoramiento y crear un problema al cual le tengo que buscar una solución: el problema puede darse entre forma y fondo, entre color armónico y chillón, entre hermetismo y simpleza, o sobre asuntos simbológico. Me guío pensando el problema como una metáfora de la relación entre, por ejemplo, lo real y lo imaginario, lo objetivo y lo subjetivo, y por encima de todo el encuentro de lo conocido con lo desconocido.
